A las emergencias, siempre se llega tarde
Mientras me muero
Cuando me di cuenta que algo andaba mal conmigo, era demasiado tarde. Había salido a una calle soleada y atestada de gente, que ignoraba los dramas por los que pasaba entonces. Supe que algo no estaba bien porque me dio un fuerte dolor de cabeza que pensé que ojalá no fuera el que me habían avisado que podría sentir si se desataba todo. Y al siguiente segundo supe que ese era el dolor, porque además me fui dando cuenta que me estaba muriendo
El suelo estaba caliente. No me di cuenta cuando mis piernas quedaron flácidas y me dejaron caer contra el cemento. De repente todo se puso muy brillante y borroso. Y algo oscuro estaba brotando de mi nariz. Ni me fije si era sangre.
Esperaba que, como tantas personas que creían estar a punto de morir, todo se volviera lento y aplastante. No sé ellos. Para mi todo se volvió súbita y dolorosamente real. El duro suelo bajo mi cara, los fuertes sonidos del tráfico en la calle, y la gente que caminaba con andar simple a mi alrededor, hasta que se fijaron en quien estaba tirado en el suelo y que quizás estaba derramando sangre, aún no podía fijarme. El dolor era horrendo, demasiado como para moverme siquiera. Pero por algunos momentos, conforme me iba dando cuenta que me había llegado la hora, eso era la única cosa que me mantenía vivo.
Mi concepción de estar vivo era bastante simple; era el sencillo hecho de poder percibir y saber que al menos estaba sabiendo algo, y por lo tanto, estaba existiendo y viviendo. La muerte me parecía algo así como la desaparición de todas las sensaciones, y con ellas, cualquier otra sensación: dejar de saber algo. Desconectar los enchufes de información, y quedarse a oscuras.
Alguien gritó y la gente se empezó a amontonar a mi alrededor. Mis ojos estaban fijos en un bosque de piernas que iban bloqueando poco a poco la calle, hasta que me pareció que realmente me estaba sumergiendo en una especie de mundo diferente. Un lugar en el que todos miraban horrorizados, se preguntaban unos a otros qué hacer, pedían una ambulancia y buscaban ayuda.
Quizás eso era algo que en el fondo deseaba. Que en realidad, no hubiera sucedido una invisible al menos para ellos- explosión dentro de mi cabeza. No estaba muriendo, sólo estaba entrando a otro lugar, a otro plano o nivel de conciencia. Eso era lo que la mayoría de las creencias decían. Algo adentro de nosotros, esa cosa que captaba, sentía y razonaba, que formaba lo real de nuestro ser escaparía, la entidad importante, esencial, se salvaría de la desaparición de todo. Y en el fondo, al igual que todos, me preguntaba qué haría si no fuese así. Bueno, pues nada. No podría hacer nada al respecto.
De entre la gigantesca cantidad de sonidos que llegaban como balas a mis oídos, escuché unos pasos apresurados hacia mí. ¿Sería la muerte? Me dieron ganas de sonreír, divertido, como si mi idea fuese infantil, pero aún así mi sangre se lleno de terror. Pero no pude moverme. Algo había sucedido con el desastre, que me impedía mirar más allá de las piernas de los cotillas que me miraban. Apareció ella, con una expresión que no recordaba haberle visto nunca en mi vida, y que nunca volvería a ver. Gritó mi nombre y me alzó la cabeza. Mis ojos enfocaron al fuerte sol del medio día, y una estrella diminuta apareció en el filo de su cabeza.
Algo me llamó la atención, y fue el uso de mi nombre. ¿Qué quedaría de él? Sería como todos los muertos, unas palabras que significaban nada, representaban nada, solo usadas para llamar a un recuerdo en las mentes, un recuerdo que sí era real. Junto con mi nombre, ¿Qué dejaría atrás? Mi identidad, mi casa, un país, un signo zodiacal, un montón de deudas, un triste trabajo, la persona que me miraba cansada al espejo todas las noches. Quise imaginar la expresión de quienes me conocían, quienes me querían, y de quienes apenas me habían visto en alguna ocasión; y cómo alzarían las cejas con sorpresa, como si fuese una interrupción molesta en su rutina de la mañana. Yo no lo vería así, claro. Estaba por desaparecer
Ella siguió llamándome, y de repente más personas se acercaron. Su cara bajo el sol desapareció, y vi la rapidez con la que varias personas me rodearon. Rescatistas. Había podido oír la ambulancia. Me pusieron en otra superficie, diferente al cemento, que se elevó hacia el cielo y me cargaron al interior de la ambulancia. Una camilla, sin duda. Esperaba no mancharla.
Comprendí con angustia el propósito de quienes creían en el más allá, en la reunión con los seres queridos. Daba esperanzas, y no tenían miedo alguno a la muerte. Yo me había pasado la vida en otros asuntos, y claro que eso no cabía en mi mente. Traté de aferrarme a lo que había llegado a oír, pero era tarde, nunca podría llegar a creer con toda certeza que había algo después de eso. Que todo era un adiós. No había siquiera un infierno. Infierno...Un consuelo para quienes deseaban castigo para los que habían muerto sin ser ajusticiados. Con todo lo que había hecho, si existiera, no sabía si iría a ese lugar.
La ambulancia arrancó a toda velocidad, y los hombres se pusieron en acción. Uno rebuscó entre mis bolsillos y buscó mi cartera. No llevaba información alguna sobre mi tipo sanguíneo, sólo una foto de mis padres muertos, algo de dinero y el recibo del restaurante del que había salido. Lo había arrojado con fastidio al interior de mi cartera. Ella había soltado un montón de cosas que me habían acuchillado, que no eran ciertas, cosas que me habían lastimado pero no quise parecer débil y fingí enfurecerme. La dejé ahí adentro y salí de inmediato, deseando que ella no quisiera seguirme. Y fue cuando empecé a morir.
Fue durante un súbito y corto instante en el que de repente me dieron ganas de echarme a llorar, de recuperar todo lo que estaba perdiendo, que ella pudiese haberme perdonado y que me hubiese preocupado más por el asunto que podía matarme en cualquier momento. No merecía nada, sólo quería volver, regresar no un momento, o quizás un día, sino poder correr hasta el pasado, sabiendo todos los errores que cometería y que me causarían tanto dolor.
Me llamaban de nuevo. Me decían qué sentía, cómo estaba. Claro que no pude responder. Los miré sin hacerlo voluntariamente, pero parecía que sabían que me había dado un derrame cerebral. Debían llegar al hospital cuanto antes.
Me lo habían diagnosticado hacía algunos meses. Yo sentía que me quedaban semanas, que esa vena en mi cabeza deseaba romperse con todas sus fuerzas y matarme. Me sentí traicionado por mi propio cuerpo. Ella me había dicho que no le veía futuro a nuestra relación. Que ironía.
Me pedían que resistiera. ¿Qué? No había ningún sueño, ni aburrimiento ni cansancio, solo esa falta de respuesta de todo mi cuerpo.
Y supe que quizás se referían a que no me dejara llevar por el dolor que significaba el estar semi consciente mientras me moría.
El dolor.
El dolor de cabeza era demasiado fuerte.
El tiempo se fragmentó.
Y desaparezco sin dejar rastro.










